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Página 1

marzo 15, 2009

 

 

llevaba a mi espalda a mi amante, en mi garganta cientos de palabras, impacientes e inconclusas, mis bolsillo portaban futuro, mi destino estaba en blanco, en el blanco de la mejor calidad. Mis pies saborearon la tierra. Acababa de salir de casa con tantas ideas que en conjunto formaban un enjambre de nada. Nada obtusa e inquietante. Necesitaba despejarme.

Mis pies ligeros caminaban lentamente por la estrecha acera. No había más que coches bañados por la anaranjada luz. Cientos de coches, millares, como humanos sin palabras, como humanos sin sentimientos, como productos de marketing petrificados. Cambio de marcha y tuerzo. ¡Ah! El panorama cambiaba poco a poco. Donde antes las máquinas cubrían la calle, ahora los ciudadanos se mezclan entre ellos como insectos en un bosque, evadiendo árboles, arbustos, o a otros insectos. Al borde de la calzada un símbolo me obligaba a detenerme. Los leones rugieron cerca, pero yo me concentraba en observar a ese mundo al igual que me observaban, ni más ni menos. Otro símbolo me obligo casi a continuar. En ese momento rostros nuevos se cruzaron conmigo. Una anciana de cabello pajizo, exageradamente maquillada, con una barra de pan en el sobaco. Un par de estudiantes cuchicheando y probablemente metiéndose con alguien, ahora que ese alguien no andaba por ahí. Varios chicos con aire de superioridad salieron de un coche caro, con gafas de sol, jerseys grises, y camisas blancas rozando el pecho. Un muchacho en silla de ruedas paseaba a su perro como podía y le dejaba. Un hombre extremadamente delgado, masacrado, pedía limosna. Un par de mujeres rechonchas examinaron un vestido durante demasiados segundos. Una muchacha pasó a mi lado con una sonrisa distraída, un cabello largo, lacio y rojizo, una piel nívea de princesa, y unos labios que decían de todo sin marear al viento. Me quedé petrificado viendo como se marchaba. Su mirada verdosa-que te quiero verde- se me había quedado clavada. Solo cuando desapareció de mi vista recuperé el control sobre mi cuerpo, y un pensamiento intenso, una petición, una necesidad, atracó en mi mente sin pedir permiso.

-Café-dije en voz alta. Alguien, probablemente, se asustaría, pero yo, en esos momentos, no estaba complaciente ni en armonía.

Tracé un objetivo, y allí me fui.

De tanto en cuando me cruzaba con alguien, dibujaba una frase en mi cabeza. ¿A dónde irá, de dónde vendrá? Qué demonios, si yo tengo una historia, ¿cuál será la suya? La sociedad no es más que una estrella fugaz para nuestra cámara en primera persona. Pedimos mucho, nos parecerán extraños, y jamás sabremos del todo los kilómetros que han recorrido. Qué extraño es ver a esa chica solitaria con la cabeza agachada y sus sentidos en el mundo, a esa pareja de punkis con los pantalones ceñidos y los cabellos cortados llamando la atención, al cura de rostro arrugado y mirada anciana, más cercano a Dios, que a sus feligreses. ¿Por qué? ¿Por qué son así? ¿Por qué son así y por qué ellos? ¿Por qué no me cruzo con una mujer paseando amorosamente a su bebé, o con una banda de niñatos malcriados? Creo que jamás lo sabré, al igual que no sé como acabará esta historia. Cada uno tiene su libro, y cada segundo añadimos una nueva palabra. La historia que contiene, ni empieza, ni acaba, sólo se continua. Jamás habrá punto y final, ni capítulos, sólo una coma.

Comma. Así se llamaba la cafetería. Al entrar recordé la primera vez que visité el local. Un camarero me oyó pronunciarlo mal -coma-, y él se encargó de reparar tal error:

-Es comma. Pronunciando una m larga, con sensualidad.

Primero me dije, este tío es tonto, después me pregunté, ¿estaría intentando ligar conmigo?, por último concluí, quizás el tonto soy yo, siempre lo he sido, y siempre lo seré.

El suelo crujía a mis pies. No sabía que material era, y supongo que jamás lo sabré. Odio y odiaré esa manía literaria de detallar tanto… que si mármol, que si verde esmeralda de grado cuarenta y dos… Es un suelo, un suelo que chirría. Punto. Un suelo que armoniza con las sillas y mesas de apariencia antigua, con los techos algo bajos, con las vigas de madera que crea un casi ilusorio muro… Un suelo que, en definitiva, era parte de un todo tranquilo y conectado. Era el Comma.

Tomé asiento. Solo. Dejando a mi amante a un lado, apoyada sobre la silla.

-Un café solo-como yo-, por favor.