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Exámenes…

enero 12, 2009

Vamos a describir esta etapa de la vida del estudiante, destacada principalmente en la época universitaria, pues todos sabemos que ni bachiller ni selectividad eran serios competidores para convertirnos a nosotros, serenos y jovenes espíritus, en papilla. Sin embargo, nuestro pasado condiciona nuestro futuro, y en este caso no iba a ser menos.

No podemos hablar de la época de exámenes sin antes mencionar el largo y estúpido camino recorrido hasta entonces. Sí, el anterior a matricularte en la universidad elegida. Y un segundo después, un soplido derriba todas y cada una de las cartas que eran lo aprendido hasta entonces.

Algo tan fácil de olvidar no nos quitó mucho tiempo. Más bien estuvimos apreensando los testiculos o los labios vaginales a dos manos mientras, la noche de antes, repasabamos la lección y al día siguiente aprobabamos, con más  o menos notas.

Cuando llegas a la universidad todo esto cambia. Los tocamientos aumentan (sobre todo los tocamientos de personas extranjeras a tus propios miembros), y los días de estudio, por ende, también. El problema: somos tontos, o no muy espabilados, y el primer año de carrera diremos: “esto la noche de antes me lo aprendo”. ¡Ay! Alma de cantaro, ¡cuán equivocado estás! Y quizás se acabe el cuatrimestre y tengas cinco exámenes y cada uno de ellos son un tomo de esos gigantes sobre derecho civil, o lingüistica, o vetetúasaberqué, pero tontos de nosotros esperaremos todo lo posible y después, cuando estemos con el agua hasta el cuello, nos pondremos a estudiar. Estaremos agobiados, pensando en la pauperrima nota próxima, y entonces formularemos la siguiente frase: “Pero, ¿esto entra en el examen?” Probablemente sí, probablemente no, porque en esto de la libertad de cátedra nunca se sabe. Entre las clases saltadas porque no tenías ganas, por falta de tiempo, o aquellas en las que el maestro nunca decía nada y los sentidos de la atención se desconectaban como si hubieran estado configurados por window vista, al final, llegabas a la siguiente conclusión: “¡Qué profesor más hijo de puta!”

Y otra cosa no sabrán los alumnos y alumnas, pero el trabajo de la madre de su profesor o profesora, sí. Lo cual también es estúpido: una meretriz llega a pagarse sus pinchos diarios y poco más, todo el mundo lo ha visto infinidad de veces en Callejeros. Y lo que salga en Callejeros, va a misa como mínimo.

Después del primer año el aspirante es más o menos astuto y llega a la conclusión de que debe estudiar, por lo tanto, si se matricula de diez asignaturas se presentará a cuatro, dos por cada cuatrimestre, y luego en septiembre ya veremos, porque hay que trabajar durante el verano, porque no todos tenemos beca, ¿sabe? Y con esto de las becas-prestamo…

Por último querría señalar la excelente y perfecta fecha de la primera mitad del curso, donde después defenderemos a capa y espada esas hojas con preguntas y problemas: Los exámenes se suelen colocar desde mediados de enero, a mediados de febrero. Por lo tanto, y si la memoria no me falla pues no suelo recordar todos los años al dedillo, justo antes de empezarlos tenemos Navidad. Sí, Navidad. Esa época de paz y reflexión. Y yo, esta Navidad he reflexionado cómo de cabroncicos son los jefes al ponernos a estudiar justo en la época en la que solo aumentará nuestro estómago, y no nuestros conocimientos. Feliz Navidad a vosotros también, cabrones…

Y no os preocupéis, nadie ha tocado un puto libro.

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One comment

  1. Qué razón tienes Yuste.. Coincido contigo en todo 😉

    Te odio!



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