Si alguien entiende el texto siguiente, que me lo diga:

Nada tiene sentido, y miles de luces te enfocan creyéndote el protagonista. Mil voces mil veces repetidas y la tuya es la que más sentido parece recobrar. Te crees único, te crees genial, y olvidas.
Solo vales tú, tu música, tu vida, tus sentidos, y tus sentimientos. Y crees que lo que sientes es real. Crees que la mentira es real. Sonríes, porque estás triste. Sonrío, porque estás triste y me gusta verte así, así, con esa tristeza, esa tristeza de masoca. Eres víctima de tí mismo. No hay lobos, sólo estás tú, lobo triste, frente al espejo, y no te das cuenta de cuantos se refleja. No parece importarte nada.
¿Y si… y si te invito a sentarte a mi vera? Aquí estamos solos, aquí estás solo, aquí no hay nada. Lo siento, no pero no, tu orgullo, sí, sé que es tuyo, no puede entrar, lo siento pero no. Aquí no entras ni tú, ni yo, así que abandónalo todo. Desnuda tu alma, préndele fuego a tus ropajes. Quiero ver tu frente brillante, quiero enamorarme de tus ojos. Quiero que estés solo, y entenderás las explicaciones que quería darte.
¡Oh soledad! ¡Maldita embustera! Me dijiste cuando no sabía nada, lo que no debía saber, y no me rogaste, como otros hacen ahora, que me convirtiera en lo más ignorante del mundo. Pero, sin embargo, te amo tanto. Ahora, que estoy contigo, te amo tanto, porque cuando tú estás conmigo, aquí desnudos ambos donde ni tú ni yo habitamos, entiendo lo que antes no quería entender y me siento repletamente vacío, y no importa nada, ni quien me roce, ni quien me hable, ni quien me diga, ni quien me publicite ni quien me venda ni quien me ofrezca ni quien me regale ni quien me recompense ni quien me engañe ni quien me cante al oído las palabras escritas más terriblemente bellas y más tranquilamente dichas jamás imaginadas por el mísero sujeto cruel y despiadado que haya sido capaz de acabar con la vida de dios y ahora dios, maldito creador, se sienta a su lado y le besa la frente, padeciendo el síndrome de Estocolmo.
Sentémonos, el uno junto al otro, donde nadie habita ni debería habitar. Tapemos los oídos con nuestras bocas, y viajemos al mundo que habita en nosotros, tan terriblemente lejos, tan terriblemente lejos, tan terriblemente lejos, que lo siento cerca, cerca del lobo que somos nosotros y devoramos a dios que nosotros somos, y padezcamos juntos el síndrome de Estocolmo.
